jueves, 11 de junio de 2020

La promesa del autonomismo


1.  Las promesas de la modernidad: libertad, igualdad y fraternidad; las promesas de la modernización neoliberal: libertad de empresa y competencia libre; las promesas de nuestra larga y fenecida transición democrática: democracia plena y desarrollo, son algunas de las promesas en las que se desliza el devenir histórico que nos toca vivir y presenciar. En todo ello, no sólo la izquierda con el socialismo y una sociedad sin clases se ha permitido prometer un objetivo y una lucha como horizonte de emancipación, sino también específicamente nuestro autonomismo se ha envuelto con el manto de una promesa. Y, como todas las anteriores, también una promesa aún no cumplida.

2.      Marx y Engels en el Manifiesto decían[1]: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen viejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma[2]; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.

3.      La promesa del autonomismo no fue otra que sacar a la izquierda de la cabeza metida en los traumas, las derrotas y los fracasos del siglo XX, para crear y fundar desde las luchas propias del capitalismo pos guerra fría, y para nuestro caso particular del nuevo capitalismo neoliberal, una izquierda para el siglo XXI. Una izquierda que no crea tener todas las respuestas y hasta una receta maniquea llevada al extremo del dogma con el materialismo histórico estalinista[3], sino una izquierda que comprenda la necesidad de desenvolverse en una realidad dinámica por los continuos cambios y reorganizaciones al orden social que impone la obra revolucionaria del capital. En definitiva, una izquierda que pueda responder al vértigo de la revolución continua en la producción de las que Marx y Engels hablaban en la cita arriba referida.

4.      Ya nos adentramos en la tercera década del siglo XXI, y si bien este no pretende tener la arrogancia de ser un balance de lo hecho (o no) por el autonomismo, el inicio de la década de los ´20 del nuevo milenio sirve como útil punto de referencia para mirar al autonomismo desde la óptica de su propia promesa renovadora, revitalizadora y modernizante para la izquierda chilena.  Además, transcurridos ya 20 años se puede apreciar con más claridad el siglo que se nos viene.

5.      Por supuesto que una de las deudas del autonomismo tienen que ver con sus expresiones orgánicas. Tanto lo que eran Izquierda Autónoma como el Movimiento Autonomista, las dos versiones que decantaron luego de la ruptura de su convergencia en 2016, terminaron como corrientes o tendencias dentro de otras expresiones orgánicas más grandes alojadas en el Frente Amplio, mediante Partido Comunes y Convergencia Social, resultando de esta última a su vez una salida de un componente importante del autonomismo ligado al Municipio Ciudadano de Valparaíso, por un lado, y al trabajo territorial en Ñuñoa por otro. Del mismo modo, desde la fusión de Izquierda Autónoma con Partido Poder para fundar Comunes se desacopló el accionar de Nodo XXI que desde entonces desarrolla un trabajo político e intelectual independiente y transversal con el Frente Amplio. Pero, todas y cada una de tales expresiones, aún cuando carezcan de un instrumento de intervención política común y visible, pueden ser miradas desde la óptica de la promesa autonomista de fundar una izquierda para el siglo XXI.

6.      Tanto el estallido social de octubre pasado como la pandemia global de este año son quizá las señales más claras, incluso generacionalmente, que muestran los rasgos de las complejidades del proceso político y social que se vendrán para este siglo. En consecuencia, la promesa de una izquierda para el siglo XXI que ha hecho el autonomismo debe ser mirada a la luz de estos 2 procesos, puesto que además se trata de 2 procesos que van a modificar sustantivamente las condiciones de desempeño de los actores políticos respecto de lo que ocurría antes de octubre de 2019.

7.       ¿Es apreciable la existencia de una izquierda moderna, expresiva de las contradicciones del siglo XXI, en el marco del estallido social y de la crisis sanitaria global actual? Aunque nos duela reconocerlo, responder afirmativamente seria un exceso que en nada responde a la realidad. La situación es aún más dramática para quienes no formamos parte de la alianza de poder: el siglo XXI y sus problemas y conflictos están frente a nuestros ojos, sin que se aprecie fuerza política alguna, ya sea apelando al liberalismo, progresismo o de izquierda, que responda de manera coherente al capitalismo contemporáneo y su dinámica transformación de la producción que penetra como nunca antes en el disciplinamiento de nuestros cuerpos y nuestras vidas en los asuntos más elementales de la reproducción social, e incluso en la propia intimidad.   

8.      Qué tan lejos, cuánto, o qué le falta al autonomismo para poder cumplir su promesa es un asunto que excede a estas breves líneas. Por de pronto, la representación parlamentaria y la presencia en gobiernos comunales no han permitido abrir paso a la formación de una izquierda para el siglo XXI. Sin duda, hay ataduras estructurales que van más allá del autonomismo que lo inhiben, como la misma Constitución política que ha resultado ser un obstáculo para colocar a Chile en una posición propicia para enfrentar los nuevos desafíos del siglo XXI. Asuntos tales como la ruptura entre política y sociedad, globalización del capital en contexto de guerra comercial, resurgimiento de nacionalismos y autoritarismos, big data, televigilancia y vigilancia remota, inteligencia artificial, automatización, y muchos otros temas, no caben en un entramado jurídico hecho sólo para neutralizar la agencia política del pueblo. Pero, esas trabas estructurales no deben servir de excusa para la ausencia de cumplimiento de la promesa.

9.      El autonomismo se enfrenta a un momento crucial para colocar a prueba su determinación para alcanzar ese ambicioso programa de modernización de la izquierda. En ello tendrá que hacerse todas las preguntas necesarias, cuestionarse a sí mismo no sólo sobre la efectividad de su intervención política, sino a la utilidad que su propia identidad le ha brindado al pueblo chileno, determinar si es o no la cuota de renovación que requería la izquierda chilena para ingresar al siglo XXI con vocación de poder transformador. Incluso auto-interrogarse sobre la autonomía de su propia estrategia revolucionaria, como si fuera un pilar ideológico originario, o más bien su proyección depende del trabajo para forjar nuevo vínculo con lo que queda del tronco de la izquierda histórica, la que también ha sido profundamente transformada. Es decir, si encuentra las raíces de su proyección futura en asumirse como otra expresión de las diversas corrientes que han perseguido el socialismo.

10.  Fundar una izquierda y una alternativa socialista para el siglo XXI no es un objetivo del que se deba renunciar, aún cuando las contradicciones del nuevo tablero ya estén al frente. Pero, sí habrá que tener claro que el cronometro de la historia ya ha arrancado. Abrir el debate sobre la profundidad de la transformación que estamos viviendo en estos meses y los que se vienen serán fundamentales para un ejercicio comprometido de voluntad rebelde ante la fuerza autoritaria del capital. Así por ejemplo, la actual pandemia global no sólo debemos mirarla como una lamentable tragedia humanitaria, sino también y sobre todo, como un asunto de economía política, por un lado, y de evolución de las formas de dominio político, por otro. Respecto de lo primero – la economía política-, urge abrir la discusión y el estudio sobre las consecuencias que este reseteo de la economía mundial implica para la reorganización de los procesos de producción global y su impacto en la organización y ordenamiento de la sociedad; la reconfiguración que provoca en la división internacional del trabajo cada vez más asociada a cadenas de valor gobernadas por el capital financiero; y sobre todo, las nuevas exigencias que caen sobre la explotación de la fuerza de trabajo, en lo que parece constituir un paso más sofisticado de encadenamiento de los centros de producción (financieros, industriales y comerciales) con las ciudades y el territorio, así como con el conjunto de la socialización humana convertida en fuente de extracción de valor, como lo hace el capitalismo digital que en este contexto ha terminado por convertir la casa y lo domestico como una parte más de la fábrica, es decir, como espacio de producción. Finalmente, sobre lo segundo – la dominación política -, resulta prudente ponderar con sentido de realidad la supuesta fragilidad del predominio norteamericano en la geopolítica, así como también, lo pasajero que fue el momento multipolar que poco a poco avanza hacia una nueva guerra fría en la forma de guerra comercial, a partir de la cual viejos estándares para evaluar las credenciales suficientes para comandar el liderazgo de los Estados en el concierto internacional, tales como el desarrollo, libertad o equidad, son sustituidas casi de manera excluyente por la eficiencia, y en este sentido para la izquierda hacer un balance sobre el denominado socialismo de características chinas que ha respondido con eficiencia utilizando mecanismos de vigilancia y represivas restricciones al libre desplazamiento, resulta también una necesidad para comprender el Siglo XXI.               






[1] Cito completo el párrafo, a pesar de su extensión.
[2] En su traducción más pop la frase alude a que “todo lo solido se desvanece”.
[3] Aludo específicamente al texto de Joseph Stalin de 1938.

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