Escuché por ahí una cuña que tiene mucho de realidad. Vivimos un momento de "pueblo sin izquierda" e "izquierda sin pueblo".
Lo primero - pueblo sin izquierda- parece ser una cosa posible y hasta una situación utópica de las clases dominantes, que refleja un momento de ausencia de representación política de los intereses del pueblo por la izquierda, lo que a la larga termina redundando en perfeccionamiento y sofisticación de los mecanismos de dominación del (y en el) capitalismo.
Lo segundo - izquierda sin pueblo- parece ser un problema de la izquierda, una suerte de desconexión con los intereses y practicas de las clases populares. Pero, permitanme colocar énfasis en "lo aparente" de tal fenómeno, o dicho de otro modo, si hay sectores del pueblo que estiman que puede llevarse adelante la compleja tarea histórica de enfrentar el capitalismo en su expresión neoliberal actual, o incluso en el más conservador de los objetivos que puede ser producir transformaciones sociales y políticas bajo la forma de reformas parciales en derechos sociales u otros ámbitos de la realidad, con prescindencia de la izquierda, ya sea en su expresión organizada realmente existente, o bien como acervo ideológico, cultural y de practicas y experiencias de lucha, terminará entregando buena parte de sus energías, fuerza e inteligencia al servicio del perfeccionamiento de los sistemas de dominación, o más concreto aún, pavimentando el camino para un recambio elitario que puja con gran fuerza desde la crisis de las elites gobernantes actuales, si es que a la larga no se dispone a construir izquierda, que si no será la vieja, porque la rechaza, tendrá que fundar una nueva.
Estudiando el proceso histórico que antecedió y estabilizó a la Constitución Política de 1925, se puede concluir que justamente tal proceso está cargado de las contradicciones que hoy nos atormentan entre la izquierda por una elevada sensación de impotencia para intervenir en un sentido propositivo y legitimo en la situación política, llevando adelante genuinos ejercicios de fuerza, y no puras escaramuzas o boicots. La Constitución de 1925 fue la consecuencia jurídica de la crisis de la dominación oligárquica, profundizada por la crisis económica del salitre, y en términos políticos la expresión de un entramado de fuerzas sociales y políticas nacidas del conflicto social como fenómeno de masas, protagonizado en décadas por masas obreras y de sectores medios que fue proyectado políticamente por el movimiento de militares jóvenes en 1924 y que en términos de representación política se disputaron Alessandri (el león) e Ibañez (el caballo), por vía golpista.
Si bien ya se encontraba fundado el Partido Comunista y recientemente afiliado a la III Internacional Bolchevique, fue una mixtura entre Liberales Alessandristas y Radicales quienes redactaron la Constitución. Parte de ciertas tendencias socialistas de corrientes muy diversas constituyeron un contingente que engroso el poder de "representación del pueblo" y del movimiento de 1924 por parte de Ibañez. En suma, la configuración del rayado de cancha en la que luego se fueron constituyendo de manera contradictoria partidos como el Socialista y la Democracia Cristiana, no contó con la participación incidente de alguna fuerza política de izquierda. Es el caso de pueblo sin izquierda que a los pocos años terminó reprimido por el mismo Ibañez o Gonzalez Videla, entre otros, en una persecución igualmente dirigida al pueblo como a la izquierda.
La actual situación de pueblo sin izquierda está profundamente asociada a la disolución de las bases sociales a partir de las cuales se fundaron las experiencias comunistas, socialistas y las demás que emergieron desde 1964 en adelante, en el actual contexto neoliberal. El patrón de acumulación neoliberal re-dibujo la estructura social llevando a la disminución de las viejas identidades obreras y clases medias asociadas al empleo estatal, sin que una vez que se haya derribado el momento dictatorial hayan retornado, sino que la izquierda tuvo que enfrentarse a un nuevo tablero sin sus bases sociales de sustentación, y además apartadas de los circuitos de politización del pueblo del "NO", por una abierta persecución y exclusión por una parte, y una buena dosis de auto-exclusión del proceso de retorno a los gobiernos civiles.
De esta fractura de lo social con lo político, de la falta de anclaje de las identidades políticas históricas de la izquierda con el nuevo pueblo dibujado por el neoliberalismo nacen las experiencias autonomistas, ya sea en su expresión orgánica asociada a la SurDA, así como en otras expresiones emparentadas asociadas a las corrientes libertarias y de reproducción de la praxis mirista, disperdigados en distintos aparatos con mayor o menor tipo de articulación entre sí. Incluso, de la misma fractura y de un distanciamiento con el Partido Socialista y la táctica de pacto por omisión del PC con la Concertación madura toda una generación de militantes autónomos de diversas luchas sociales, entre ellas, las habitacionales, ambientalistas, estudiantiles y otras, que luego de más de una década decantó en parte de la columna vertebral del Frente Amplio. La izquierda nacida de las fauces del neoliberalismo se ha ido constituyendo en la fractura de lo social y lo político, pero, también en una fractura con la linea política de administración o colaboración con la profundización neoliberal, que fue ejecutada tanto por el Partido Socialista como el Comunista, incluso en lo que se anunció como gobierno de reformas como fue el de la Nueva Mayoría.
Es una ruptura con la linea política, pero, que también implicó la apropiación y praxis de una cultura política distinta y distintiva. Es díficil poder definir bien en qué consisten tales expresiones, sin reducirlo a elementos puramente estéticos a veces excesivamente agitados por nuestro mundo. Me aventuro a plantear un solo elemento: la centralidad de la acción política en una praxis que sintetiza ejecución con apropiación creativa de la línea política, además de su elaboración para la implementación concreta, mediante el desarrollo de funciones de dirección y conducción política.
La especifica implementación del centralismo democrático en el contexto dictatorial por parte de las izquierdas se tradujo en una militancia conservadora, agitacionista y segmentada.
Las dificultades de este modo de organización se hizo apreciable en la
militancia comunista de los ´80, en que las particularidades de la dictadura
depositó en el Comité Central y sus cuadros de dirección la responsabilidad de
elaborar y comandar la ejecución de la táctica de la Sublevación Nacional[1]
como salida a la dictadura, acumulando en los frentes de masas militancia de
mera ejecución de la línea.
En un plano táctico diferenciar a los militantes
entre quienes piensan y elaboran la política y quienes la ejecutan puede ser
una solución a veces efectiva, pero, compromete gravemente la reproducción de
una línea política en términos estratégicos. Le ocurrió al PC precisamente a
fines de los ´80 luego del fracaso del año decisivo en 1986 en que se aceleró
un proceso de pacto de transición a la democracia que lo obligó a virar en su
estrategia insurreccional breve (entre 1983 y 1987) a última hora, sin contar
con la exclusión explícita que la Democracia Cristiana y el socialismo renovado
operó en su contra. Este viraje tuvo altos costos a nivel de base militante en
el PC que no se redujo sólo a la ruptura con el FPMR, sino también a fugas
militantes por la izquierda y hacia el centro, o bien la desactivación de
varios militantes de la lucha popular directa, así como el Partido también
prescindió abiertamente de buena parte de dichos cuadros.
Este proceso produjo cierta militancia popular no partidaria que intenta resolver el quehacer mediante agitacionismo que desconfía y no valora la formación de direcciones políticas, o bien las oculta en estructuras clandestinas. No se trata de una militancia indeseada o ignorante, al contrario,
mucha de ella se requiere dentro de cualquier Partido, sino que problemáticamente es una
militancia que no ha podido construir destacamentos, organizaciones o
herramientas para la lucha política, y por tanto si bien envuelven capacidades
de liderazgo cultural y moral, carecen de la experiencia de la construcción de
organizaciones políticas (no sociales) desde cero, sin haber desarrollado
capacidades de conducción y dirección propiamente políticas, y aun peor por el
trauma histórico de lo que ellos perciben como
“la traición” de sus conducciones, guardan profundas desconfianzas a
quienes desarrollan dichas funciones, llegando al extremo intelectual de
desconocer el trabajo material y directo que quienes elaboran, producen y
dirigen políticamente despliegan, y los costos que en plano personal
experimentan.
Tal constitución militante los lleva, como buena parte de la izquierda, a un procesamiento despolitizado de la política, las tareas históricas, sus urgencias y lo que se requiere para el contexto especifico. Se confunde la construcción política con la construcción social de base, y con ello se postergan otras tareas de dirección política. Incluso más, en la apelación a la construcción popular y la propagación de conciencia social y política entre el pueblo a un ritmo desajustado e inconexo con los tiempos de la política, los lleva a introducir de manera inconsciente y contrabandeada por la dominación practicas funcionales a ella, como el ascenso social y la construcción de base material para tener condiciones de ejercicio de la política (el famoso discurso de titularse, trabajar, generar recursos propios y luego de tener muchas seguridades, hacer política, quizá, algún día), sin comprender que tales barreras son parte de la condición biopolítica de la dominación neoliberal, y que lamentablemente desde una posición subalterna, uno no elige las condiciones, sino que se despliega en ellas, para transformarlas. Y quienes no reproducen tal vicio, se mueven por el otro extremo, es decir hacer sacrificios a niveles extremos que hacen imposible la acción política por la ausencia de base material mínima, lo que a veces incluso oculta formas veladas de violencia domestica patriarcal. No son pocas las compañeras que hoy con el auge feminista han denunciado diversas practicas de cuadros militantes que se acotan en la figura del "macho de izquierda", cuya descripción se la dejo a las compañeras.
Este es apenas uno de los elementos a tener en consideración para fundar una nueva izquierda, moderna y de vocación política. No el único ni el decisivo, pero, sí uno donde existen experiencias generacionales que deben resguardarse y proyectarse hacia mejores posiciones en la política.
[1] “Un período breve, de enfrentamiento multifacético, de carácter
nacional concentrado en zonas estratégicas. En este enfrentamiento las masas
logran la paralización del país, mediante paros, huelgas generales, sabotaje
industrial y ocupación de centros vitales”. (Evaluación de 1985. Documento del
Partido Comunista).
