domingo, 4 de octubre de 2020

Movimiento popular y poder constituyente

Con la movilización masiva y mayoritaria de 25 de octubre de 2019 que vino a ser la reafirmación de la legitimidad social de la jornada de protestas iniciada el 18 de octubre bajo la consigna de “no son $30, son 30 años”, se cierra el ciclo de la democracia transicional (1). 

Desde ese momento miles de cabildos en el país se aglutinaron bajo la óptica de que #ChileDespertó. Se trató de una expresión de democracia de base que soberanamente inició un camino de politicidad que desbordó la estrechez de la democracia de la transición terminando por liquidarla. Por primera vez desde la dictadura un gobierno civil decreta un estado excepción cediendo el control del Gobierno interior a las Fuerzas Armadas. El sin-sentido de darle continuidad al ciclo transicional se reafirmó con el proceso constituyente forzado por la misma movilización popular, en que los actores políticos respondieron con una decisión de tinte elitario a la que fueron arrastrados incluso las fuerzas políticas nuevas como el Frente Amplio. 



Ya el Frente Amplio había protagonizado en 2017 la superación del binominalismo y duopolio al erigirse como una visible tercera fuerza que amenaza con sustituir el rol jugado por la Concertación. De esta manera, la democracia de la transición erigida sobre mecanismos excluyentes y elitarios había logrado ser fisurada por la irrupción de esta fuerza política nueva. Y, con lo ocurrido desde el 18 de octubre y reafirmado durante esta pandemia se ha tornado inviable la reproducción del pilar utópico de la transición consistente en que las instituciones políticas pueden tomar decisiones sin tomar en consideración a la sociedad, ya sea organizada o como una entidad abstraída en “calle” o movilización y manifestación popular. En el marco de la discusión sobre el retiro de 10% de los fondos de pensiones la presión ciudadana se ha convertido en un ineludible para los actores políticos, los que han adoptado decisiones radicales como renunciar a sus partidos para poder responder a las posturas mayoritarias de la sociedad, probablemente más movidos por objetivos electorales de corto plazo que por una mirada de crítica profunda al tipo de democracia que se ha construido en estos 30 años. 

Lo cierto es que en el campo de la política prima el desorden, las divisiones, fisuras, baja capacidad de articulación estable y de liderazgo de proyectos de futuro, muy propio de una situación política de epilogo de un ciclo político, sin que se avizoren rasgos visibles de uno nuevo. Tales características concuerdan también con un momento que puede calificarse de constituyente que envuelve oportunidades y riesgos, de los cuales el más importante viene de la cultura política de la transición que no se ha cuestionado ni siquiera por parte de los actores nuevos. La democracia de la transición al renunciar a traspasar poder a la sociedad enclaustró las decisiones políticas en las instituciones del Estado, sobre todo en las instituciones de representación democrática, como el Congreso y el Presidente o Gobierno, produciendo con ello entre los actores e individuos politizados una forma de hacer y practicar la política – una cultura política- que orienta todo su accionar incluso extra-institucional a la meta de obtener escaños en el Congreso o La Moneda, abriendo paso a una potente institucionalización que diluye posibilidades de impulsar transformaciones en un marco más amplio y eficaz de rebeldía (2). 

Uno de los errores de la izquierda del siglo XX fue haber construido una relación de subordinación de lo social a los intereses de lo político, usando a las organizaciones sociales y frentes de masas como correa transportadora de los intereses de conducción de la vanguardia partidaria, en donde se suponía estaban reunidas todas las virtudes para organizar la lucha política, es decir, la lucha soberana por el poder. Para el caso soviético, ello llegaba al extremo de que tal vanguardia incluso más que en el Partido se encontraba en la burocracia estatal.

Una de las rarezas del autonomismo, junto a otras corrientes, fue haber barrido con dichas jerarquías, con exaltar la fortaleza y el poder desestabilizante de la lucha social, su creatividad, auto-organización y acción directa a la que muchas veces se les despreciaba bajo calificativos de espontaneísmo o voluntarismo. Es cierto, no han nacido desde allí formas de confrontación directa al capital y a su bloque en el poder, pero, también es cierto que las otras formas clásicas terminaron siendo más bien un gran campo de aprendizaje para que las clases dominantes sofisticaran su dominio sobre el trabajo y nuestra existencia.

Desde hace décadas que los denominados movimientos sociales han servido para visibilizar, canalizar y viabilizar las energías de rebeldía, fuga, rabia y contestación de la sociedad, y en nuestro país se han instalado de manera definitiva luego del ciclo de protestas y movilizaciones que se inició con la revolución pingüina de 2006, expandida social y culturalmente el 2011. Su caracter multi-color y amplio en términos políticos ha permitido que se vinculen a ellos formas de representación social que no son capaces de capturar los partidos por su anclaje cada vez más dependiente a las lógicas de reproducción del aparato institucional y estatal.




Es casi un slogan, pero no por ello menos cierto, decir que el proceso constituyente no fue obra de partidos, sino que del estallido social, o aunque moleste a los politólogos del Centro de Estudios Públicos, fue obra de "la calle". El rigor con la realidad nos obliga a decir que la pluralidad, masividad y heterogeneidad de identidades que se expresaron, y se siguen expresando en estos momentos de cara al Plebiscito del 25/10, también desbordó al movimiento social organizado, a los movimientos sociales, los que por supuesto también engrosan el contingente del estallido. La pandemia lamentablemente truncó un proceso de organización de base, de politicidad de franjas, sujetos e individuos que experimentaban sus primeros encuentros con la lucha social, con la protesta para cambiar y transformar. Los cabildos fueron ello, pero, hoy se ven dificultados por las restricciones sanitarias, y también el autoritarismo con que las autoridades aprovechan la coyuntura para asfixiar posibilidades de organización colectiva. Todo ello, no hace más que acumular energías, rebeldía soberana que ocupará todo espacio y rendija posible para expresarse. 

 Soy de los que cree que la coyuntura constituyente quedará abierta, que nacerá una nueva constitución, un nuevo texto muy negociado y transado, por la profunda dificultad de construir acuerdos legítimos ante la sociedad, pero que por ningún motivo será un cerrojo. Es más, la voluntad de quienes apuesten a incidir en dicha coyuntura, ya sea en la forma de propuestas o programas constituyentes, o derechamente siendo convencionales constituyentes, tendrán que encargarse de dejar esa puerta abierta. De allí que revitalizar al movimiento popular se torna decisivo. No puede dejarse para después de 25/10, ni para los acuerdos electorales de cara a la Convención Constitucional. Intentar revitalizar al movimiento popular no es una tarea fácil, pero, hay ciertas cosas que las militancias sociales y políticas tendrán que abandonar como prácticas. 

Una de ellas es el aparatismo, es decir, esos intentos generalmente clandestinos, no declarados, o por fuera de las organizaciones sociales que deliberan, o al menos lo intentan, de ir construyendo aparatos para la incorporación a la lucha política o en el más decadente de los casos, a la lucha electoral. Probablemente, en muchos lugares del país hay asambleas territoriales nacidas desde el 18 de octubre. Es tremendamente relevante que aquellas asambleas, incluso si es que soberanamente decidieron desahuciar a militantes de partido de su deliberación, puedan ir orientando un quehacer y resoluciones de cara al proceso constituyente, entre las que se incluye por supuesto la presentación de candidato/as que para hacerse competitivos tendrán que decidir alianzas políticas con pactos electorales. En este plano toda decisión, incluso restarse, es legitima. Cuando de revitalizar al movimiento popular se trata no existen decisiones correctas o incorrectas, maduras o inmaduras, politizadas o despolitizadas, sino decisiones soberanas, autónomas, sin influencias que las instrumentalice. El aparatismo es justamente eso, la intervención a veces de cuadros y militantes políticos, pero sin partido o no articulados con sus partidos, para favorecer ciertas decisiones con miras a sus intereses de facción, que puede ser, construir su propia organización política, reclutar militancia, levantar candidaturas y usar la organización social como plataforma. Darle soberanía y poder al movimiento popular es permitirle tomar decisiones soberanas, propias, autónomas y representativas, pues allí se comienza a practicar la políticidad constituyente. Y en tal sentido, por supuesto que si tales asambleas territoriales tienen la capacidad de deliberar preservando su unidad y sin quebrarse decidiéndose por intervenir directamente en el proceso, estoy seguro que muchos militantes partidarios se (nos) convertiremos en aliados para hacer avanzar y fortalecer su proyección política y soberana.



Notas:

(1) La tesis política de fin de la democracia de la transición ha sido elaborada al interior de la Fundación Poder. Fundación Poder, Política y Derechos. Documento de Trabajo n° 2, Julio de 2020. 

(2) Hasta aquí el grueso de lo expuesto corresponde a Documento de cita (1).

jueves, 11 de junio de 2020

La promesa del autonomismo


1.  Las promesas de la modernidad: libertad, igualdad y fraternidad; las promesas de la modernización neoliberal: libertad de empresa y competencia libre; las promesas de nuestra larga y fenecida transición democrática: democracia plena y desarrollo, son algunas de las promesas en las que se desliza el devenir histórico que nos toca vivir y presenciar. En todo ello, no sólo la izquierda con el socialismo y una sociedad sin clases se ha permitido prometer un objetivo y una lucha como horizonte de emancipación, sino también específicamente nuestro autonomismo se ha envuelto con el manto de una promesa. Y, como todas las anteriores, también una promesa aún no cumplida.

2.      Marx y Engels en el Manifiesto decían[1]: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen viejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma[2]; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.

3.      La promesa del autonomismo no fue otra que sacar a la izquierda de la cabeza metida en los traumas, las derrotas y los fracasos del siglo XX, para crear y fundar desde las luchas propias del capitalismo pos guerra fría, y para nuestro caso particular del nuevo capitalismo neoliberal, una izquierda para el siglo XXI. Una izquierda que no crea tener todas las respuestas y hasta una receta maniquea llevada al extremo del dogma con el materialismo histórico estalinista[3], sino una izquierda que comprenda la necesidad de desenvolverse en una realidad dinámica por los continuos cambios y reorganizaciones al orden social que impone la obra revolucionaria del capital. En definitiva, una izquierda que pueda responder al vértigo de la revolución continua en la producción de las que Marx y Engels hablaban en la cita arriba referida.

4.      Ya nos adentramos en la tercera década del siglo XXI, y si bien este no pretende tener la arrogancia de ser un balance de lo hecho (o no) por el autonomismo, el inicio de la década de los ´20 del nuevo milenio sirve como útil punto de referencia para mirar al autonomismo desde la óptica de su propia promesa renovadora, revitalizadora y modernizante para la izquierda chilena.  Además, transcurridos ya 20 años se puede apreciar con más claridad el siglo que se nos viene.

5.      Por supuesto que una de las deudas del autonomismo tienen que ver con sus expresiones orgánicas. Tanto lo que eran Izquierda Autónoma como el Movimiento Autonomista, las dos versiones que decantaron luego de la ruptura de su convergencia en 2016, terminaron como corrientes o tendencias dentro de otras expresiones orgánicas más grandes alojadas en el Frente Amplio, mediante Partido Comunes y Convergencia Social, resultando de esta última a su vez una salida de un componente importante del autonomismo ligado al Municipio Ciudadano de Valparaíso, por un lado, y al trabajo territorial en Ñuñoa por otro. Del mismo modo, desde la fusión de Izquierda Autónoma con Partido Poder para fundar Comunes se desacopló el accionar de Nodo XXI que desde entonces desarrolla un trabajo político e intelectual independiente y transversal con el Frente Amplio. Pero, todas y cada una de tales expresiones, aún cuando carezcan de un instrumento de intervención política común y visible, pueden ser miradas desde la óptica de la promesa autonomista de fundar una izquierda para el siglo XXI.

6.      Tanto el estallido social de octubre pasado como la pandemia global de este año son quizá las señales más claras, incluso generacionalmente, que muestran los rasgos de las complejidades del proceso político y social que se vendrán para este siglo. En consecuencia, la promesa de una izquierda para el siglo XXI que ha hecho el autonomismo debe ser mirada a la luz de estos 2 procesos, puesto que además se trata de 2 procesos que van a modificar sustantivamente las condiciones de desempeño de los actores políticos respecto de lo que ocurría antes de octubre de 2019.

7.       ¿Es apreciable la existencia de una izquierda moderna, expresiva de las contradicciones del siglo XXI, en el marco del estallido social y de la crisis sanitaria global actual? Aunque nos duela reconocerlo, responder afirmativamente seria un exceso que en nada responde a la realidad. La situación es aún más dramática para quienes no formamos parte de la alianza de poder: el siglo XXI y sus problemas y conflictos están frente a nuestros ojos, sin que se aprecie fuerza política alguna, ya sea apelando al liberalismo, progresismo o de izquierda, que responda de manera coherente al capitalismo contemporáneo y su dinámica transformación de la producción que penetra como nunca antes en el disciplinamiento de nuestros cuerpos y nuestras vidas en los asuntos más elementales de la reproducción social, e incluso en la propia intimidad.   

8.      Qué tan lejos, cuánto, o qué le falta al autonomismo para poder cumplir su promesa es un asunto que excede a estas breves líneas. Por de pronto, la representación parlamentaria y la presencia en gobiernos comunales no han permitido abrir paso a la formación de una izquierda para el siglo XXI. Sin duda, hay ataduras estructurales que van más allá del autonomismo que lo inhiben, como la misma Constitución política que ha resultado ser un obstáculo para colocar a Chile en una posición propicia para enfrentar los nuevos desafíos del siglo XXI. Asuntos tales como la ruptura entre política y sociedad, globalización del capital en contexto de guerra comercial, resurgimiento de nacionalismos y autoritarismos, big data, televigilancia y vigilancia remota, inteligencia artificial, automatización, y muchos otros temas, no caben en un entramado jurídico hecho sólo para neutralizar la agencia política del pueblo. Pero, esas trabas estructurales no deben servir de excusa para la ausencia de cumplimiento de la promesa.

9.      El autonomismo se enfrenta a un momento crucial para colocar a prueba su determinación para alcanzar ese ambicioso programa de modernización de la izquierda. En ello tendrá que hacerse todas las preguntas necesarias, cuestionarse a sí mismo no sólo sobre la efectividad de su intervención política, sino a la utilidad que su propia identidad le ha brindado al pueblo chileno, determinar si es o no la cuota de renovación que requería la izquierda chilena para ingresar al siglo XXI con vocación de poder transformador. Incluso auto-interrogarse sobre la autonomía de su propia estrategia revolucionaria, como si fuera un pilar ideológico originario, o más bien su proyección depende del trabajo para forjar nuevo vínculo con lo que queda del tronco de la izquierda histórica, la que también ha sido profundamente transformada. Es decir, si encuentra las raíces de su proyección futura en asumirse como otra expresión de las diversas corrientes que han perseguido el socialismo.

10.  Fundar una izquierda y una alternativa socialista para el siglo XXI no es un objetivo del que se deba renunciar, aún cuando las contradicciones del nuevo tablero ya estén al frente. Pero, sí habrá que tener claro que el cronometro de la historia ya ha arrancado. Abrir el debate sobre la profundidad de la transformación que estamos viviendo en estos meses y los que se vienen serán fundamentales para un ejercicio comprometido de voluntad rebelde ante la fuerza autoritaria del capital. Así por ejemplo, la actual pandemia global no sólo debemos mirarla como una lamentable tragedia humanitaria, sino también y sobre todo, como un asunto de economía política, por un lado, y de evolución de las formas de dominio político, por otro. Respecto de lo primero – la economía política-, urge abrir la discusión y el estudio sobre las consecuencias que este reseteo de la economía mundial implica para la reorganización de los procesos de producción global y su impacto en la organización y ordenamiento de la sociedad; la reconfiguración que provoca en la división internacional del trabajo cada vez más asociada a cadenas de valor gobernadas por el capital financiero; y sobre todo, las nuevas exigencias que caen sobre la explotación de la fuerza de trabajo, en lo que parece constituir un paso más sofisticado de encadenamiento de los centros de producción (financieros, industriales y comerciales) con las ciudades y el territorio, así como con el conjunto de la socialización humana convertida en fuente de extracción de valor, como lo hace el capitalismo digital que en este contexto ha terminado por convertir la casa y lo domestico como una parte más de la fábrica, es decir, como espacio de producción. Finalmente, sobre lo segundo – la dominación política -, resulta prudente ponderar con sentido de realidad la supuesta fragilidad del predominio norteamericano en la geopolítica, así como también, lo pasajero que fue el momento multipolar que poco a poco avanza hacia una nueva guerra fría en la forma de guerra comercial, a partir de la cual viejos estándares para evaluar las credenciales suficientes para comandar el liderazgo de los Estados en el concierto internacional, tales como el desarrollo, libertad o equidad, son sustituidas casi de manera excluyente por la eficiencia, y en este sentido para la izquierda hacer un balance sobre el denominado socialismo de características chinas que ha respondido con eficiencia utilizando mecanismos de vigilancia y represivas restricciones al libre desplazamiento, resulta también una necesidad para comprender el Siglo XXI.               






[1] Cito completo el párrafo, a pesar de su extensión.
[2] En su traducción más pop la frase alude a que “todo lo solido se desvanece”.
[3] Aludo específicamente al texto de Joseph Stalin de 1938.

domingo, 19 de enero de 2020

La izquierda, los autonomistas y nuestra cultura política

Escuché por ahí una cuña que tiene mucho de realidad. Vivimos un momento de "pueblo sin izquierda" e "izquierda sin pueblo". 

Lo primero - pueblo sin izquierda- parece ser una cosa posible y hasta una situación utópica de las clases dominantes, que refleja un momento de ausencia de representación política de los intereses del pueblo por la izquierda, lo que a la larga termina redundando en perfeccionamiento y sofisticación de los mecanismos de dominación del (y en el) capitalismo. 

Lo segundo - izquierda sin pueblo- parece ser un problema de la izquierda, una suerte de desconexión con los intereses y practicas de las clases populares. Pero, permitanme colocar énfasis en "lo aparente" de tal fenómeno, o dicho de otro modo, si hay sectores del pueblo que estiman que puede llevarse adelante la compleja tarea histórica de enfrentar el capitalismo en su expresión neoliberal actual, o incluso en el más conservador de los objetivos que puede ser producir transformaciones sociales y políticas bajo la forma de reformas parciales en derechos sociales u otros ámbitos de la realidad, con prescindencia de la izquierda, ya sea en su expresión organizada realmente existente, o bien como acervo ideológico, cultural y de practicas y experiencias de lucha, terminará entregando buena parte de sus energías, fuerza e inteligencia al servicio del perfeccionamiento de los sistemas de dominación, o más concreto aún, pavimentando el camino para un recambio elitario que puja con gran fuerza desde la crisis de las elites gobernantes actuales, si es que a la larga no se dispone a construir izquierda, que si no será la vieja, porque la rechaza, tendrá que fundar una nueva.

Estudiando el proceso histórico que antecedió y estabilizó a la Constitución Política de 1925, se puede concluir que justamente tal proceso está cargado de las contradicciones que hoy nos atormentan entre la izquierda por una elevada sensación de impotencia para intervenir en un sentido propositivo y legitimo en la situación política, llevando adelante genuinos ejercicios de fuerza, y no puras escaramuzas o boicots. La Constitución de 1925 fue la consecuencia jurídica de la crisis de la dominación oligárquica, profundizada por la crisis económica del salitre, y en términos políticos la expresión de un entramado de fuerzas sociales y políticas nacidas del conflicto social como fenómeno de masas, protagonizado en décadas por masas obreras y de sectores medios que fue proyectado políticamente por el movimiento de militares jóvenes en 1924 y que en términos de representación política se disputaron Alessandri (el león) e Ibañez (el caballo), por vía golpista.

Si bien ya se encontraba fundado el Partido Comunista y recientemente afiliado a la III Internacional Bolchevique, fue una mixtura entre Liberales Alessandristas y Radicales quienes redactaron la Constitución. Parte de ciertas tendencias socialistas de corrientes muy diversas constituyeron un contingente que engroso el poder de "representación del pueblo" y del movimiento de 1924 por parte de Ibañez. En suma, la configuración del rayado de cancha en la que luego se fueron constituyendo de manera contradictoria partidos como el Socialista y la Democracia Cristiana, no contó con la participación incidente de alguna fuerza política de izquierda. Es el caso de pueblo sin izquierda que a los pocos años terminó reprimido por el mismo Ibañez o Gonzalez Videla, entre otros, en una persecución igualmente dirigida al pueblo como a la izquierda.

La actual situación de pueblo sin izquierda está profundamente asociada a la disolución de las bases sociales a partir de las cuales se fundaron las experiencias comunistas, socialistas y las demás que emergieron desde 1964 en adelante, en el actual contexto neoliberal. El patrón de acumulación neoliberal re-dibujo la estructura social llevando a la disminución de las viejas identidades obreras y clases medias asociadas al empleo estatal, sin que una vez que se haya derribado el momento dictatorial hayan retornado, sino que la izquierda tuvo que enfrentarse a un nuevo tablero sin sus bases sociales de sustentación, y además apartadas de los circuitos de politización del pueblo del "NO", por una abierta persecución y exclusión  por una parte, y una buena dosis de auto-exclusión del proceso de retorno a los gobiernos civiles.



De esta fractura de lo social con lo político, de la falta de anclaje de las identidades políticas históricas de la izquierda con el nuevo pueblo dibujado por el neoliberalismo nacen las experiencias autonomistas, ya sea en su expresión orgánica asociada a la SurDA, así como en otras expresiones emparentadas asociadas a las corrientes libertarias y de reproducción de la praxis mirista, disperdigados en distintos aparatos con mayor o menor tipo de articulación entre sí. Incluso, de la misma fractura y de un distanciamiento con el Partido Socialista y la táctica de pacto por omisión del PC con la Concertación madura toda una generación de militantes autónomos de diversas luchas sociales, entre ellas, las habitacionales, ambientalistas, estudiantiles y otras, que luego de más de una década decantó en parte de la columna vertebral del Frente Amplio. La izquierda nacida de las fauces del neoliberalismo se ha ido constituyendo en la fractura de lo social y lo político, pero, también en una fractura con la linea política de administración o colaboración con la profundización neoliberal, que fue ejecutada tanto por el Partido Socialista como el Comunista, incluso en lo que se anunció como gobierno de reformas como fue el de la Nueva Mayoría. 

Es una ruptura con la linea política, pero, que también implicó la apropiación y praxis de una cultura política distinta y distintiva. Es díficil poder definir bien en qué consisten tales expresiones, sin reducirlo a elementos puramente estéticos a veces excesivamente agitados por nuestro mundo. Me aventuro a plantear un solo elemento: la centralidad de la acción política en una praxis que sintetiza ejecución con apropiación creativa de la línea política, además de su elaboración para la implementación concreta, mediante el desarrollo de funciones de dirección y conducción política. 

La especifica implementación del centralismo democrático en el contexto dictatorial por parte de las izquierdas se tradujo en una militancia conservadora, agitacionista y segmentada. Las dificultades de este modo de organización se hizo apreciable en la militancia comunista de los ´80, en que las particularidades de la dictadura depositó en el Comité Central y sus cuadros de dirección la responsabilidad de elaborar y comandar la ejecución de la táctica de la Sublevación Nacional[1] como salida a la dictadura, acumulando en los frentes de masas militancia de mera ejecución de la línea. 

En un plano táctico diferenciar a los militantes entre quienes piensan y elaboran la política y quienes la ejecutan puede ser una solución a veces efectiva, pero, compromete gravemente la reproducción de una línea política en términos estratégicos. Le ocurrió al PC precisamente a fines de los ´80 luego del fracaso del año decisivo en 1986 en que se aceleró un proceso de pacto de transición a la democracia que lo obligó a virar en su estrategia insurreccional breve (entre 1983 y 1987) a última hora, sin contar con la exclusión explícita que la Democracia Cristiana y el socialismo renovado operó en su contra. Este viraje tuvo altos costos a nivel de base militante en el PC que no se redujo sólo a la ruptura con el FPMR, sino también a fugas militantes por la izquierda y hacia el centro, o bien la desactivación de varios militantes de la lucha popular directa, así como el Partido también prescindió abiertamente de buena parte de dichos cuadros. 

Este proceso produjo cierta militancia popular no partidaria que intenta resolver el quehacer mediante agitacionismo que desconfía y no valora la formación de direcciones políticas, o bien las oculta en estructuras clandestinas. No se trata de una militancia indeseada o ignorante, al contrario, mucha de ella se requiere dentro de cualquier Partido, sino que problemáticamente es una militancia que no ha podido construir destacamentos, organizaciones o herramientas para la lucha política, y por tanto si bien envuelven capacidades de liderazgo cultural y moral, carecen de la experiencia de la construcción de organizaciones políticas (no sociales) desde cero, sin haber desarrollado capacidades de conducción y dirección propiamente políticas, y aun peor por el trauma histórico de lo que ellos perciben como  “la traición” de sus conducciones, guardan profundas desconfianzas a quienes desarrollan dichas funciones, llegando al extremo intelectual de desconocer el trabajo material y directo que quienes elaboran, producen y dirigen políticamente despliegan, y los costos que en plano personal experimentan.

Tal constitución militante los lleva, como buena parte de la izquierda, a un procesamiento despolitizado de la política, las tareas históricas, sus urgencias y lo que se requiere para el contexto especifico. Se confunde la construcción política con la construcción social de base, y con ello se postergan otras tareas de dirección política. Incluso más, en la apelación a la construcción popular y la propagación de conciencia social y política entre el pueblo a un ritmo desajustado e inconexo con los tiempos de la política, los lleva a introducir de manera inconsciente y contrabandeada por la dominación practicas funcionales a ella, como el ascenso social y la construcción de base material para tener condiciones de ejercicio de la política (el famoso discurso de titularse, trabajar, generar recursos propios y luego de tener muchas seguridades, hacer política, quizá, algún día), sin comprender que tales barreras son parte de la condición biopolítica de la dominación neoliberal, y que lamentablemente desde una posición subalterna, uno no elige las condiciones, sino que se despliega en ellas, para transformarlas. Y quienes no reproducen tal vicio, se mueven por el otro extremo, es decir hacer sacrificios a niveles extremos que hacen imposible la acción política por la ausencia de base material mínima, lo que a veces incluso oculta formas veladas de violencia domestica patriarcal. No son pocas las compañeras que hoy con el auge feminista han denunciado diversas practicas de cuadros militantes que se acotan en la figura del "macho de izquierda", cuya descripción se la dejo a las compañeras.


Este es apenas uno de los elementos a tener en consideración para fundar una nueva izquierda, moderna y de vocación política. No el único ni el decisivo, pero, sí uno donde existen experiencias generacionales que deben resguardarse y proyectarse hacia mejores posiciones en la política.
     





[1] “Un período breve, de enfrentamiento multifacético, de carácter nacional concentrado en zonas estratégicas. En este enfrentamiento las masas logran la paralización del país, mediante paros, huelgas generales, sabotaje industrial y ocupación de centros vitales”. (Evaluación de 1985. Documento del Partido Comunista).